La gente vota con el bolsillo, no me gusta generalizar, pero es cuestión de analizar las elecciones presidenciales desde el alfonsinismo en adelante y de tan evidente duele. Y el bolsillo está agujereado por la inflación, que atemoriza y preocupa más que el Monopolio, la inseguridad o la endeble oposición.

Quizás el capitalismo sea el culpable y responsable de generar la cultura del individualismo que empuja a las personas a actuar en base a la reflexión “mientras me vaya bien a mí, no importa el resto”. A Carlos Saúl lo votaron por promesas de solucionar la inflación, y lo logró, sólo que los costos que tuvimos que pagar aún duelen. A Néstor, luego del tristemente célebre 2001, la gente lo apoyó por el crecimiento económico que sostuvo durante sus presidencias. Y a Cristina lo mismo.

La ideología no es influyente al momento de elegir la boleta, contrariamente a lo que piensan los que siguen de cerca la política o militan en algún partido. Los 40 millones de argentinos votan con el bolsillo. El mejor ejemplo son los productores rurales, “el campo”, como solemos generalizar los medios, que votaron a Néstor y a Cristina a pesar de “odiarla y declararle explícitamente la guerra.

Y los bolsillos, no hace falta que lo explique, están cada día más flacos en las clases media y baja. El motivo principal es la inflación, que desde el 3.7 % anual del 2003 no paró de crecer hasta estos días. En el 2006 también se intentó un congelamiento de precios como el que se lleva a cabo por estos días, y frenó la inflación, pero la solución fue transitoria. El congelamiento de precios es manotazo de ahogados, coinciden en esto economistas heterodoxos y ortodoxos.

El Gobierno sabe que la inflación pone y saca presidentes, lo sabe muy bien. Pero hasta ahora sólo tomó medidas contraproducentes, como por ejemplo intervenir el INDEC, a inicios del 2007, para falsear las estadísticas.

¿Cómo creerle a una Presidenta que habla de distribución del ingreso si pretende obligarnos a creer en estadísticas manipuladas?

La inflación, dicen los que saben, no es una cuestión puramente económica, sino que tiene muchas aristas sociales. Depende del contexto internacional, que no ayuda, de la política y los poderes que pelean en el ámbito nacional y también de la historia.

En el terreno nacional nadie confía en el valor del peso, por eso cualquier ahorrista o inversionista busca un sustituto de dicha moneda. Eso refleja la falta de confianza en la política económica y por ende en el Gobierno que la lleva adelante.

Las medidas que pretenden el control administrativo de los precios y del mercado de cambios son ineficaces, aún si estuvieran bien implementadas (y no lo están) todo el mundo busca dolarizarse. Doña Rosa maneja su salario mareada ante decenas de ofertas de descuentos, financiaciones y canales de comercialización.

Es prioritario corregir cuestiones macroeconómicas antes de que lo liberales ortodoxos que siempre están al acecho “sugieran” limitar las paritarias por salarios, disminuir los beneficios sociales, aumentar las cargas tributarias, etc.

Para evitar estas medidas hay que empezar por reconstruir el INDEC, y lograr recuperar la confianza en estadísticas oficiales. Luego es necesario que se programe un sistema de políticas heterodoxas que aliente las expectativas favorables a la inversión, bajar gradualmente la inflación, recuperar la solidez fiscal y mejorar la eficacia en el gasto público.

Las instituciones necesitan sí o sí ponerse al frente de estas cuestiones, primero mejorando su calidad, luego participando. Los países que han logrado sostener estrategias económicas serias son aquéllos que supieron acordar políticas de largo plazo entre el capital, el Estado y el trabajo.

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By César Fiscina

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