Ayer en la Sociedad Vasca Leo Gabilondo presentó “La Pertenencia”, su primer libro escrito en prosa, ante un auditorio repleto de amigos, familiares y personas afines a las palabras del reconocido escritor arrecifeño.
“Es un libro de relatos, es un libro de amor, tiene algo de autoficción, todos los personajes que vayan a leer ustedes verán si son reales o no, problema de ustedes, por más que se llamen igual que mi hermano. Estoy más que feliz porque laburé más de 3 años y medio con el libro, mucha responsabilidad, mucha voluntad, me cagué a piña con los textos mucho tiempo”, explicaba Leo anoche en la Vasca.
La noche estuvo repleta de hermosas emociones, como cuando se leyó “Tranquilo como agua de mapa”, el relato que homenajea y recuerda al querido Gabriel “Negro” Acosta (escribí “Negro” con mayúscula, me pidió Leo hace un tiempo). El texto fue leído por Sebastián Bonaudo, amigo de Gabilondo, y luego se proyectaron imágenes que recorrían algunos momentos en la vida del “Negro”. Picos de tristeza, alegría y nostalgia alcanzaron a los presentes, como a esa señora mayor que ayudada por un bastón se acercó a escuchar las palabras de Leo, y se emocionó hasta las lágrimas con las sentidas y sensibles palabras de “Tranquilo como agua de mapa”.
Como no podía ser de otra manera la música estuvo muy presente. Mauro Ferrón, acompañado por las guitarras de “Chimono” Rodríguez y “Rama” Valeria, la rompió haciendo algunos covers de los Rolling. Terrible.
También fue invitado el carismático Christian Sensán, cantante de Banda Expansiva, quien le regaló a los presentes versiones acústicas del “Potro” Rodrigo y Gilda, referentes musicales de la más tradicional cumbia argentina, que acompaña el camino de letras y música que le dan vida a “La Pertenencia”.
Los diez relatos del libro recorren vivencias, recuerdos, opiniones, reflexiones y gran parte de la vida del autor, Leo Gabilondo. Están muy presentes, como siempre, el Club Atletico Obras Sanitarias, River, Pablo Zabaleta, su hermano Patricio, su mamá Patricia, su papá Alfredo, su hermanita Mili, el barrio Las Flores y sus amigos de toda la vida.
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Cuando se ponía anteojos de sol para mí se parecía a Miles Davis. Se lo decía y él se reía, diciendo: “Una cosa de loco, boludo”. Cuando le preguntaba: “¿Cómo andás, Negro?”, me respondía: “Tranquilo como agua de mapa, Leito”. Él sabía muy bien que yo amaba esa respuesta. De hecho, lo hice verso en un poema y eso lo emocionó muchísimo. Sabía que mis amigos también amaban esa frase. Se lo conté en un asado y se puso contento de saber que la repetimos. En seguida sonrió y me contó un anécdota rarísima que explicaba de dónde venía. Siguió sonriendo hasta que terminó el asado, como hizo siempre. Todos sabemos que es muy difícil sonreír casi todo el tiempo y que ese gesto sea creíble. La línea entre los hipócritas y los abrazables puede ser muy delgada. Salvo en el caso del Negro Acosta. Su sonrisa gozaba de una verosimilitud notable. Sencillamente, porque era verdadera, no había absolutamente nada detrás, era él y su modo de sentir la vida. Así andaba el Negro, traficando abrazos por todo Arrecifes, gastando la bocina de su moto, con una capacidad insólita para utilizar apodos efímeros: Fiera, Máquina, Mi Vida, Loquito, Locazo, Mostro, Titán. Si vienen de cualquier otro tipo esos apodos pueden no ser bien recibidos, de él, que lo hacía de forma tan genuina, eran como una suerte de caricia. Cada cosa que te contaba o le contabas, la sentenciaba con: “Una cosa de loco, boludo”. A mí me parecía genial el tono con el que decía: “boludo”. Con sus cincuentilargos, su constante uso, rozando lo canchero, lo ponía en un lugar privilegiado, de inimputable. Era quererlo o quererlo. Era así, muy intenso sentimentalmente. Quizás por eso era actor de alma, un tipo sensible que desde hace banda de años se ganaba la vida vendiendo pebetes de jamón y queso, golosinas y gaseosas, arriba de los bondis de larga distancia. Esperaba en la parada con su canastito azul y con la misma impronta con la que se subía a un escenario se subía a un Chevallier sucio. Era una escena más, con un público que se renovaba constantemente y muchas veces estaba dormido. Pero le ponía la jeta y se subía. A veces lo bajaban en el cruce de Ruta 8 y 51 porque durante ese tramo convencía a una señora que le compraba una Coca. Se reía mucho de mi odio a Chevallier. Me decía: “Yo te entiendo, boludo, pero que exista hasta que yo me muera porque sino no morfo. Una cosa de loco, boludo”. Yo le decía que iba a poner una bomba en la oficina central. Él se agarraba la panza de risa y me decía que si mi amigo Sebastián Bonaudo y yo alguna vez caíamos en cana, él ya sabía que era por reventar ese monopolio. Y cerraba: “Una cosa de loco, boludo”. La última vez que lo vi fue hace un par de domingos a la siesta, antes de subir al bondi. Me habló de Lodeiro, el uruguayo que compró Boca. Me quemó la cabeza. También me habló de Martinez, el pibito quemero que compró River. El Negro era de esos románticos del fútbol que viven pensando que la belleza supera la voluntad. En ese sentido, era muy coherente con su modo de vivir. Se colgó hablándome de sus nietos. “Estoy más baboso que nunca. Me siguen a morir. Una cosa de loco, boludo”. También me preguntó qué estaba leyendo, qué estaba escribiendo. “Ahora que tengo Feis te puedo leer más seguido. Una cosa de loco el Feis, boludo”. Me dijo que estaba pensando cómo usar mis textos para una obra que quería estrenar a fin de año. Subió a un bondi, vendió un par de pebetes y volvió a hablar conmigo. Yo estaba de mal humor porque los miserables de Chevallier otra vez no cumplían con su horario. Él se reía, me hablaba de Lucas Rubinich, su amigo de toda la vida. Me dijo que lo extrañaba, que era difícil coincidir los tiempos de las amistades. “Pero el loco anda bien y sabe que yo también. Cada vez que nos vemos sentimos que tenemos veinte. Una cosa de loco, boludo”. Se sentía muy orgulloso de Lucas. Le brillaban los ojos cuando me hablaba del sociólogo: “Nos criamos en el barrio y él ahora es un intelectual de la re concha de la lora. Un fenómeno. Una cosa de loco, boludo”. Siempre me contaba de sus amigos. Hablamos de Adrian Charras, de su generosidad y su talento, del cariño que nos generaba. “Es un maestro Adri. Impresionante. Una cosa de loco, boludo”. Terminamos hablando de su papel en la Novicia Revelde, obra en la que el Negro hizo de nazi. Nunca visto en toda la historia del teatro. Un negro con rulos corte Pipo Gorosito haciendo de nazi. Lloramos de risa recordando cómo le ponían talco para que la cara y el pelo le quede más claro. Le di un abrazo, me subí al bondi y no volví a verlo nunca más. Ayer, al rato de llegar a mi casa desde Plaza de Mayo, mi hermano me avisó por WhatsApp de su muerte. Sentí que la vida era un flipper tildado, que no paraba de sonar, con la pelotita de acero que no paraba de rebotar. Sentí una tristeza terrible. No había memoria que alcance para suplir ese sacudón. “No puede ser”. Piña al sillón. Bronca. Lágrimas. No supe qué hacer. Llamé a mi viejo y me dijo que me calme, que no cometa la locura de ir hasta Retiro de madrugada, que no tenía sentido, que hoy venga a laburar como cualquier día y lo recuerde como era, un tipazo. Traté de bajar un cambio. Le hice caso a mi viejo y me fui a dormir pensando en lo que me contó mi hermano después de darme la noticia fatal. El domingo, el Negro llevó a Lucía, mi sobrina, a la calesita. La amaba. Se le notaba mucho. Me lo imagino chocho, haciéndola reír, acompañándola al lado del delfín, mientras la cumbia sonaba. “Una cosa de loco esa pendeja, boludo”. Di mil vueltas, pero me dormí pensando en eso y en su naturalidad para ir para adelante, para estar siempre con una sonrisa a punto caramelo. Era un crack el Negro. Posta. De los que hacen mucha falta. Ojalá que esté donde esté, lo reciba quien lo reciba, cuando le pregunten: “¿Cómo andás, Negro?”, él responda: “Tranquilo como agua de mapa, Mostro”.
Texto de “La Pertenencia”. Página 79.
