Los dirigentes políticos, algunos de los cuales se muestran hoy como rockeros de alma, debieran tener en cuenta esa frase del genial músico de Liverpool.

En la Argentina hoy todo parece pasar por los resultados electorales del domingo anterior, los que cada uno lee según lo que quiere ver, sin tener en cuenta que en el contexto actual esta elección legislativa no sólo no cambia demasiado las relaciones de poder sino que, además, las principales cuestiones que afectarán el futuro de la Argentina no estuvieron en discusión.

La oposición está satisfecha porque el Gobierno no ganó. El oficialismo se alarma porque considera que ningún opositor planteó seriamente qué modelo de país tratarán de dibujar si acceden al poder.

Todos olvidan el punto más importante en este particular momento de la historia: los movimientos del tablero estratégico internacional. No advertir la dirección y la fuerza de las mareas del mundo puede tener un altísimo costo para el país en el futuro inmediato.

América latina se convirtió en pocos años en una de las regiones más dinámicas del planeta después de décadas de estar sumergida en un marasmo del que parecía imposible salir. Disminuyó la pobreza, las naciones más importantes comenzaron a articular políticas comunes más allá de las diferencias ideológicas de los gobiernos.

En la Unasur confluyeron desde el país más cercano a los Estados Unidos como Colombia hasta la Venezuela chavista. El Mercosur creció a despecho de las asimetrías y los errores diplomáticos y conceptuales.

En buena medida eso fue posible porque la región quedó fuera de la agenda de Washington. El auge del neroliberalismo, las convicciones de que la historia había concluido (Fukuyama dixit) y de que la hipótesis de conflicto para Occidente era después del colapso de la Unión Soviética el choque de civilizaciones vaticinado por Samuel Huntington.

Africa y América latina eran los continentes inviables. La tecnología y los cambios de la economía los hacían prescindibles como proveedores de mano de obra barata. Como mercado eran irrelevantes. La generación de riqueza se daba mediante la multiplicación del dinero a través de maniobras financieras y no a través del comercio.

Olvidada por el «mundo» América latina se dedicó a sus asuntos y comenzó a crecer, aunque todavía no lo suficiente como para corregir las tremendas desigualdades.

Pero cuatro años atrás todo cambió. La crisis financiera internacional terminó con la ilusión de que la riqueza podía reproducirse hasta el infinito por sí misma y las potencias occidentales se encontraron ante una realidad amarga.

Estados Unidos fracasó dolorosamente en sus afanes de convertirse en la república imperial diseñada en los delirios de George W. Bush cuando todo su poderío bélico se mostró impotente a la hora de tratar de imponer su modelo en Medio Oriente.

Todavía a tropezones, Europa y Estados Unidos están intentando diseñar ahora las políticas de emergencia para salir de la crisis. Entonces vuelven a las fuentes del capitalismo, con la conciencia de que necesitan venderle sus productos al resto del mundo para intentar corregir los desequilibrios financieros.

El único problema es que las potencias asiáticas los desplazaron de la mayor parte de los mercados que ellos menospreciaron hasta poco tiempo atrás. Y que las naciones emergentes lograron una autonomía política y económica que los fortaleció y también quieren jugar en las ligas mayores.

Entonces saldrán, más tarde o más temprano, a recuperar el terreno perdido. Y hoy Latinoamérica es una presa apetecible.

El mecanismo para ganarla de nuevo es sencillo y ha sido probado en múltiples oportunidades a lo largo de la historia. Nos quieren vender sus productos y que les paguemos con el dinero que ellos mismos nos prestarán.

Para que América latina compre las manufacturas de EE.UU. y Europa es preciso que las industrias locales no compitan. Es decir, desaparezcan.

En los noventa ese proceso se dio simplemente como una consecuencia directa del sistema económico imperante. Sobraba dinero barato y a alguien había que prestárselo. Además, con esa plata se compraban productos extranjeros y las potencias occidentales ganaban a dos puntas.

Que después de evaporada la burbuja de consumo quedaran decenas de millones de personas a la intemperie les tenía completamente sin cuidado a los amos del mundo.

Hoy la situación cambió abruptamente. Los países centrales saben que para mejorar sus balanzas comerciales tienen que aumentar sus exportaciones. El problema es que no tienen a quién venderle. Los países latinoamericanos, por ejemplo, descubrieron las ventajas de fabricar las cosas en casa, aquella famosa «sustitución de importaciones».

Para Occidente lo peor es que la mayoría de los países latinoamericanos se dieron gobiernos que se preocupan más por los problemas propios que de los ajenos. Hasta la caída del Muro de Berlín la excusa era «la defensa del mundo libre» y con ella desestabilizaban gobiernos de corte nacionalista hasta derribarlos.

Después imponían sus títeres, los que pregonaban, felices, que «estamos dentro del mundo», aunque sus pueblos no consiguieran siquiera las migas del banquete mundial.

Desde sus mismos orígenes, la Argentina padeció tal estado de cosas. El famoso monopolio que transformó a muchos de los habitantes del Virreinato del Río de la Plata en contrabandistas es el primer ejemplo. A lo largo de toda la historia el país fue dependiente, con escasos momentos de relativa autonomía, siempre conseguida gracias a que las potencias dominantes estaban ocupadas en otra cosa.

En los últimos años, por primera vez en la historia, la mayor parte de los países latinoamericanos disfrutaron de una autonomía que les permitió instrumentar políticas basadas en sus propios intereses, independientemente de que lo hayan hecho bien o mal.

El sólo hecho de ser propias tuvo efectos benéficos para toda la región.

Pero hoy las potencias centrales, especialmente los EE.UU., han vuelto a mirar hacia América latina, pensando que puede convertirse en un mercado interesante. Para conseguir sus fines necesitan, una vez más, de los dirigentes que ansían convertirse en sus aliados, en transformarse en gerentes de los intereses occidentales.

Ese fantasma es el que hoy amenaza a América latina. Los disturbios en Brasil son un llamado de alerta, especialmente porque son movimientos que no se condicen con un país en expansión económica y política.

No es que no haya disconformes -y que tengan razón para serlo-, pero antes no se movilizaban para desestabilizar a un gobierno que, paradójicamente, corrigió unas cuantas de las desigualdades endémicas en el país.

Lo peor para la Argentina es que nadie, ni oficialistas ni opositores, parece haber reparado en el cambio de los vientos que soplan en la historia.

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By Minuto Arrecifes

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