Hoy por hoy ser periodista está devaluado, más por los medios que se imponen por sobre nosotros que por los periodistas en sí. Ser periodista es saber que nos corre una imperiosa necesidad de adaptarnos a las nuevas tecnologías, a las vertiginosas mamarracherías políticas, a la corrupción nuestra de cada día, al desalineamiento de casi todos los valores sociales que alguna vez soñamos como reguladores de nuestra forma de ser ciudadana.
A veces, simplemente manejando en cualquier calle, me cruzo con algún animal al volante que desfila con el brazo afuera de la ventanilla y no tiene vergüenza en mostrar toda su imprudencia, su prepotencia y su ignorancia. Es ahí cuando me pregunto a mí mismo “a quién le quiero abrir los ojos informando u opinando, si con semejante simio al volante el mundo está perdido”. Pero no es así, retomo la calma y sé que hay esperanzas de entablar un diálogo virtual periodista-lector; o periodista –oyente, y que gracias a ese diálogo poquito a poquito como quien suma granitos de arena surja la posibilidad de construir mentes más críticas, que sean la base de una sociedad independiente que asume la responsabilidad de sus propias decisiones.
Esa abismal tarea es la que emprendemos los periodistas cada vez que enfrentamos un teclado o un micrófono. Nos esforzamos por elegir la mejor palabra para escribir o dar forma a nuestras ideas. Muchos de los que andamos dando vueltas por ahí todavía no podemos dejar de contar lo que realmente ocurre y nos rehusamos a reemplazarlo por lo que nos dicen que ocurre.
Pareciera que lo único que damos a cambio es la posibilidad de ofrecer un medio en el cual publicitar algo que no requiere publicidad. Pareciera que lo único que recibimos a cambio son críticas por no ser como Lanata, como Verbitsky, incluso por no estar en el medio de ellos dos. Sean famosos o no sean nada, pareciera ser el mandato. Pareciera también que lo único que recibimos son críticas por no estar a la altura de los grandes medios que nos mienten descaradamente utilizando toda una estructura de poder pensada para el lucro privado. Pareciera, pero no es así.
Nadie más que aquél que decidió encarar el desafío de ser periodista en un pueblo sabe el regocijo que se logra cuando aquello que difundimos coincide plenamente con nuestros valores. Ese regocijo es un leit motiv y tiene una gran carga de adrenalina. Porque nos produce una emoción muy grande y se nos hace adictivo, les juro, abrir algunas cabecitas o tratar de enfrentar a algunos monstruos sólo con palabras es adictivo.
Yo, como decía la genial Mafalda, “sólo soy uno más del montón de los que no quieren ser uno más del montón”. Muchísimo por mejorar pero con un respetable caminito recorrido. Nadie me corre con la ética, la mano en la lata ni ninguno de los golpes con los que día a día caen en el ring ex colegas que se rinden ante la necesidad y la falta de convicciones.
Por último, un enorme saludos a todos los colegas que están en la misma y, lejos de levantarla en pala, se rompen día a día para llevar un honesto pedacito de pan a sus casas.
Queridos colegas: No tengo fotos de todos para tenerlos presentes. Publico algunas solamente y espero no herir susceptibilidades. Saludos!
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